jueves, 23 de abril de 2009

Entre La Basílica y la plaza de San Francisco, un sin número de acontecimientos durante la procesión.

Entre gritos anunciando melcochas a 10ctv y gorras para el imponente sol que se mostraba en una mañana despejada del domingo de ramos, muchas personas se aglomeraron en las afueras de La Basílica. Se demostraban fieles a su devoción, entre voluntarios de la Tercera Orden de Franciscanos y devotos, resurgía la imagen de Jesús del Gran poder. Vestido con una túnica blanca y un manto de color rojizo con detalles en dorado, parecía que hablaba con su rostro; como si fuera Jesús en persona.
El reloj de la Basílica daban las 9:20 y al lo lejos se escuchaba una melodía de orquesta, en sus notas salía a relucir: “dueño de mi vida, vida de mi amor, ábreme la puerta de tu corazón”. Y la gente empezó a seguirla, cantando con pasión, como si el cielo se abriera y Dios estuviera escuchándola. Se dieron los primeros pasos, firmes y cortos a la vez pero sin lugar a dudas llenos de fe y de alegría al recordar la entrada triunfal de Jesús, al pueblo de Jerusalén. En poco tiempo fue que se multiplicaron personas, alrededor de unas quinientas caminaban con ramo en mano y a lo unísono de la canción. Llegando a la Plaza de San Francisco la gente se acopio en una esquina, era una anciana de 71 años de edad. Había dado un paso en falso que hizo que resbalara y cayera al asfalto en la calle de los Suspiros. Entre tres personas la levantaron y apoyándose le pregunte si se encontraba bien. Una gorra color azul cubría su rostro pero dejaba al descubierto apenas una parte que denotaba dolor. Vestida con una simpática falda que le llegaba a los tobillos y un saco verde agua que hacía juego con su bolsito de lana, respondió con un ligero movimiento de cabeza que informaba que estaba bien. Con una mano se refregaba su rodilla y ella sin dudar dos veces siguió caminando. Con pasos no tan firmes manifestó en su mirada el estar bien a medida que caminaba. “María me llamo, agregó, pero mi mamita que esta en el cielo me decía Fernanda. Fernanda quería ponerme pero ya habían muchas Fernandas en la familia”. Y una carcajada soltó. “Diosíto me empujo” dijo con una sonrisa y mientras más se lograba avanzar en la procesión, ella se sentía mejor. Las palomas comenzaron a volar de techo en techo y de los balcones del Quito Antiguo pétalos de flores eran arrojados al Jesús del Gran Poder. María comenta que antes eran más fervorosas las procesiones y que le hubiese encantado poder llevar en su hombro la imponente escultura del Jesús del Gran Poder. Ella caminaba y cada vez que el Padre alzaba la voz en un “Viva Nuestro Rey”, levantaba y sacudía su ramo hecho de romero, laurel y con un toque encantador: un rojo clavel. Ya en la plaza de San Francisco María se sentía feliz de haberlo logrado “yo amo a mi Señor y por Él es que he venido”. Minutos más tarde empezó la misa campal la cual daba inicio a la Santificación de los ramos y a un día lleno de anécdotas, lleno de fe, un día lleno de emociones celebrando una de las tradiciones que tiene el hermoso Ecuador.



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